Desde el mes de Noviembre comenzamos a ver en las vidrieras de los negocios “nacimientos”, “pesebres” o “belenes” o motivos alusivos a la navidad; en las casas, en las iglesias, en las oficinas, en los edificios públicos, algunas veces los vemos a partir del 8 de diciembre. Las decoraciones las hacen con figuritas que representan a María, José, Jesús, los pastores, tres reyes magos, algunos animalitos (vacas, burro, ovejas y camellos -sino en qué fueron los visitantes de oriente) y ángeles. Nunca falta la estrella.

Esto de armar “pesebres” es una tradición muy antigua, inventada por Francisco de Asís en el siglo XIII en la ciudad italiana de Greccio. Francisco construyó en medio del bosque una casita de paja y llevó allí a una mula y un buey, entre los que colocó una imagen de Jesús. En la medianoche del 24 de diciembre invitó a los frailes franciscanos y a los campesinos de los alrededores, que llegaron con antorchas y cantando. Celebró allí la misa. Inició así la hermosa tradición de los pesebres y de la “misa del gallo”.
Siempre ha habido autores que han querido demostrar histórica, científica y racionalmente que los acontecimientos narrados en la Biblia y que pareciera que ocurrieron todos en una noche son ciertos. Para probar, por ejemplo, que realmente se vio una estrella especial en Belén cuando nació Jesús, mencionan una conjunción de planetas que ocurrió en aquellos años y que habría producido la impresión de un nuevo lucero brillando en los cielos. De lo que se cuenta debemos decir que es pura leyenda; es un hermoso relato que no nos cuenta hechos históricos sino un hermoso mensaje de fe.
La Biblia contiene datos históricos, pero también está plagada de metáforas, símbolos, mitos, épica verdadera y falsa, cuentos populares, leyendas, tradiciones orales sobredimensionadas con el tiempo, epigramas, fantasías colectivas, poesía, en definitiva de literatura. En el intento de probar “científicamente” la literatura bíblica pierde la razón y pierde la fe.
Procuremos reflexionar y resignificar el sentido de la navidad a la luz de un texto de Eugen Drewermann, y que al final puedas decir con la mente y el corazón: “¡Feliz Navidad!”
"¿Dónde está realmente Belén? ¿Dónde está el lugar en el cual Dios puede nacer?
El Belén de los evangelios no es la pequeña ciudad situada al sur de Jerusalén, sino todo lugar en el cual los hombres son capaces de sufrir por la falta de humanidad y en el cual tienen hambre y sed de justicia (Mt. 5, 6): sólo de estos hombres y mujeres Dios es tan cercano que puede en ellos vivir.
Dos mil años de leyenda cristiana han podido de esta manera condensar, en las imágenes de la Noche Santa, buscando en la riqueza de la experiencia personal, las únicas condiciones con capacidad para describir este milagro de la humanidad y de la bondad de nuestro Dios. Y ahora nos es necesario recorrer una vez más todos estos símbolos para hacer en nosotros mismos la prueba de su significación y experimentarlos.
Era de noche, nos dice Lucas, en esta hora de Belén. Pero, ¿sabemos de verdad qué es la noche? Cuando los hombres miran y no encuentran ningún horizonte, cuando sus sueños están muertos y el mundo es para ellos sólo un abismo vacío. A estos hombres de la noche –dice el evangelio- Cristo se les apareció como la luz que brilla en las tinieblas. Sobre ellos, que nunca habían conocido a Dios, “sobre el pueblo que caminaba en tinieblas una luz brilló” (Is. 9, 1).
Hacía frío, nos dice la leyenda, esta hora de la aparición del Salvador. Pero, ¿sabemos de verdad qué es el frío? Cuando el corazón del hombre queda helado dentro de la tormenta de nieve de las palabras, y cuando los pies están atrapados en los mil falsos colores de las superficialidades y los dedos agarrotados y ya azulados por el frío de unos sentimientos helados. A estos hombres del frío, Cristo les dirá: “Fuego he venido a encender en la tierra, y ¡qué mas quiero si ya ha prendido! (Lc. 12, 49).
La soledad y el rechazo reinaban, dice la leyenda, en esta hora de Belén. Pero, ¿sabemos de verdad qué es la soledad? Cuando los hombres nacen sin techo propio, delante de la puerta de los otros, allí donde no existe un hogar, sino sólo una búsqueda y una nostalgia sin fin. Hijos, no de unos padres, sino de los descendientes de Eva, la antepasada de todos los exiliados, de todos aquellos que se encuentran arrojados a la vida, siempre condenados a pisar tierra extraña, siempre sólo movidos por el miedo, sin derechos, sin respiro alguno, sin lugar donde residir. A estos hombres condenados ala soledad, Cristo les dirá: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero este hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc. 9, 58). Y, también les dirá: “Acercaos a mí los que estáis rendidos y abrumados, que yo os daré respiro” (Mt. 11, 28).
Es pobre, nos dice la leyenda, este Mesías-Rey venido al mundo. Pero, ¿sabemos de verdad qué es ser pobre? Cuando el alma del hombre está tan chupada como la boca del hambriento y tan vacía como la mano del mendigo. O cuando el cuerpo está tan agotado que la mujer ya no tiene energías para espantar las moscas de los ojos de su niño hambriento o las mordeduras nocturnas del frío. A estos hombres de la pobreza Cristo les dirá: “Vosotros estáis cerca de Dios”. Pero, también añadirá, lleno de cólera: “¡Ay de vosotros los ricos!” (Lc. 6, 24).
Todos aquellos que viven en las tinieblas, en el frío, en la soledad, todos los excluidos, los pobres comprenderán la noche de Belén, pues a todos este niño de Dios les promete: “¡Felices lo que ahora lloráis, porque vais a reír! (Lc. 6, 21).
El Belén de los mapas está situado a veinte kilómetros de Jerusalén, pero, el verdadero “Belén” está al lado mismo de “Jerusalén”, en nuestros propios corazones.
Y ¿Dónde habitamos nosotros realmente?"
