¡Bienvenidos!¡Bienvenidas!

Dada la complejidad de la vida social y la importancia que reviste el conocimiento para la subsistencia de nuestra especie humana resulta provocador y desafiante pensar en ampliar, multiplicar, profundizar y flexibilizar nuestros criterios de verdad, y, al propio tiempo, articularlo e integrarlo con la filosofía del derecho, porque a lo mejor el deterioro de las vidas en muchos varones y mujeres sea producto de la fragmentación del derecho, la política y la ética. Por tanto, ofrecerse un tiempo para pensar (iusfilosofar) que una VIDA BUENA sin excluidos ni exclusiones es la clara señal que salvar a la humanidad de la "inhumanidad de los que se creen poderosos" es posible. Gracias por abrir tu mente y corazón...Dále! Reflexionemos juntos...

sábado, 6 de diciembre de 2008

¡Preparen la mochila para el caminar iusfilosófico!

La civilización griega nos dejó (entre otras cosillas) tres grandes herencias, a saber: la democracia, las olimpíadas y la filosofía.

El mito de Ícaro nos abrirá las puertas a este espacio virtual que es de todos los que hemos hecho propio el lema del Primer Foro Social Mundial de Porto Alegre en Brasil en el año 2001: “OTRO MUNDO ES POSIBLE”, y que al propio tiempo bregamos día a día para que se haga realidad. Para tal fin hay que cuestionar y rechazar los discursos y prácicas sociales predicado, legitimado y sostenido por quienes han construido este mundo tan injusto. En el mensaje revolucionario de Jesús de Nazareth podemos encontrar las orientaciones que necesitamos para transformar el mundo desde la filosofía del derecho con tendencia católica en su sentido originario.

Es sabido que Dédalo era un gran inventor que vivía en Atenas y que por envidia mata a su sobrino Talos. Para evitar ser castigado por los atenienses huyó a la isla de Creta donde el rey Minos lo recibió muy amistosamente y le encargó muchos trabajos. Dédalo se casó con una mujer de Creta y tuvo un hijo llamado Ícaro.

El rey Minos ofendió al dios Poseidón y este se vengó haciendo que la reina Pasifae, esposa de Minos, se enamorara de un toro. Fruto de este amor nació el Minotauro, monstruo mitad hombre y mitad toro. Para encerrar al Minotauro, Minos ordenó a Dédalo construir un laberinto formado por muchísimos pasillos y pasadizos dispuestos de una forma tan complicada que era imposible encontrar la salida.

Pero Minos, para que nadie supiera como salir del laberinto, encerró dentro a Dédalo y a su hijo Ícaro. Estuvieron allí encerrados durante mucho tiempo hasta que a Dédalo se le ocurrió la idea de fabricar unas alas, con plumas de pájaros y cera de abejas, con las que podrían escapar volando de Creta.

Antes de salir Dédalo le advirtió a su hijo Ícaro que no volara demasiado alto porque si se acercaba al sol la cera se derretiría y tampoco demasiado bajo porque se le mojarían las alas y se harían demasiado pesadas para poder volar. Empezaron el viaje y al principio Ícaro volaba al lado de su padre, pero después empezó a volar cada vez más alto y se acercó tanto al sol que se derritió la cera que sujetaba las plumas de sus alas, cayó al mar y se ahogó.

Como estudiosos de la filosofía del derecho podemos correr el riesgo de repetir la tragedia de Ícaro. Desde la fragilidad de nuestras alas conceptuales e históricas (por tanto “hijas del tiempo”), elevarnos sobre el suelo de la experiencia cotidiana y construir fabulosas teorías jurídicas, reflexiones iusfilosóficas, de manera aislada e insular, que ante el calor del mundo de la vida necesitado de “lo justo” sus monumentales alas se derritan, y con ello, sellemos nuestra propia suerte.

La meta deseada es evitar el holismo filosófico (“volar alto”) para impedir que la abstracción del lenguaje filosófico y jurídico nos distancie grandemente de nuestros conciudadanos, a quienes serviremos desde nuestra profesión. Por otro lado, tenemos que soslayar el reduccionismo iusfilosófico por lo bajo, que convierta a la filosofía en una sierva del derecho. Esta es una ardua tarea que tenemos que empezar de manera inmediata.

Para tal fin, tendremos que aprender a dialogar, comentar y discutir de manera respetuosa entre todos y todas. Caso contrario, habrá que soportar la soledad que produce el trabajo disciplinar y solitario, la oscuridad de la verborragia vacía y ciega de los textos que estudiamos, el frío del aislamiento de las teorías y sistemas formuladas entre libros y papeles; y lo que sería peor, en tiempos de descontento, insatisfacción, malestar, incomodidad, inconformismo –como el que nos toca vivir- no tener las respuestas eficaces y efectivas para los variados problemas a los que nos enfrentamos en un mundo que cambia vertiginosamente.




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